La otra noche había una tormenta en ciernes: todos estábamos sofocados, aplastados, tambaleando por unas calles cargadas de electricidad. Además yo tenía mis angustias propias. Me encontré con ella, fuimos a un café, nos sentamos a una mesa muy próxima a la puerta abierta, casi en la calle, y al sentarnos una de sus rodillas se apoyó contra una de mis rodillas, y algo comenzó a recorrer todo mi sistema nervioso y todos mis músculos, poniendo cada cosa en su lugar: paz, bienestar, placidez, alegría. Nada de tensión erótica, sino un contacto mágico, bienhechor. Y en ese preciso momento comenzó a llover. Yo sentí que había sido ese contacto lo que decidió la lluvia y el alivio para toda una ciudad. No es que lo crea así, pero así fue como lo sentí, y quién sabe, después de todo, cómo funcionan las cosas.
Mario Levrero, Diario de un canalla

Escribir no es sentarse a escribir; ésa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio. Mediante el ocio es posible armonizarse con el propio espíritu, o al menos prestarle algo de la atencíon que merece.
Mario Levrero, « Entrevista imaginaria con Mario Levrero »

Interesarse es entonces dejarse afectar, y en general interesa lo llamativo, lo espectacular, lo inusual, es decir, aquello que se impone, que llama la atención hacia sí de un modo contundente. A mí más bien esas cosas me molestan, y trato de dejarme afectar por otras más sencillas y próximas. Hasta que me doy cuenta de que no existen cosas sencillas, y no existen cosas próximas. Existen, sí, cosas humildes que no llaman la atención hacia ellas en forma contundente, pero doy fe de que pueden llegar a ser tan interesantes, es decir, pueden llegar a afectar tanto como las otras, o incluso más.
Como me decía un amigo hace poco, TODO es interesante. Absolutamente todo: cada objeto, cada lapso, cada sentimiento, cada idea. Cada fragmento de objeto, cada instante. Lo que se agota es nuestra capacidad de dejarnos afectar, es decir, nuestra capacidad de investigar las novedades que continuamente se producen en el objeto, es decir, nuestra capacidad de relacionarnos con el objeto. De ahí, tal vez, el horror.
Mario Levrero, Irrupciones I

Il est nécessaire de faire preuve de beaucoup de patience et d'une grande attention ; essayer dans la mesure du possible de dessiner lettre par lettre, en laissant de côté les significations des mots qui se forment – ce qui est une opération presque opposée à celle de la littérature (…).
Je dois, donc, commencer par me limiter à des phrases simples, même si elles me paraissent vides et insignifiantes ; sitôt que je commence à être attentif au contenu, je perds de vue l'essence de ce travail thérapeutique, le dessin de chacune des lettres.
Mario Levrero, Le discours vide (tr. Robert Amutio)

No debo olvidarme de mi descubrimiento de anoche, mientras lavaba los platos. Ahora lo voy a contar mal porque estoy cansado y con los ojos llorosos. Exceso de pantalla. Pero lo voy a anotar de la manera que sea, para que no se me borre.
Lo primero fue ordenar los platos y cubiertos y demás enseres, adentro de una palangana, para sacarlos de la pileta y para facilitar el trabajo. Ya mientras estaba intentando ese orden comencé a tener un sentimiento agradable. Había apagado la computadora y mi mente ya no estaba metida en esas cosas. Empezaron a asomar pensamientos míos, o no sé de quién, pero quiero decir humanos. Recuerdos, reflexiones. Y mientras estaba sumergido en el trabajo de lavar los cubiertos y luego los plásticos y luego los platos, hice el descubrimiento: descubrí que eso, y no otra cosa, era el ocio que necesitaba. Descubrí que el ocio no consiste en sentarse necesariamente en un sillón y ponerse tenso a esperar la angustia difusa. Que la angustia difusa venga por su cuenta cuando tenga que venir, si es que tiene que venir. Yo intentaba forzar una situación anímica, y por eso fracasaba. Está bien sentarse en un sillón a descansar o en otro sillón a leer, cuando uno quiere, cuando hace falta. Pero si uno lo hace por obligación, para poder encarar un proyecto, como éste de la beca, eso ya no es ocio, ni búsqueda de ocio. O mejor dicho, la búsqueda de ocio se transforma en un trabajo, o sea en un negocio, o sea en la negación del ocio. Hace muchos años un amigo me explicó que la palabra «negocio» venía de ahí, de neg-ocio, no-ocio. El ocio en sí mismo no es como yo pensaba —en realidad no pensaba, sino que simplemente actuaba en esa dirección equivocada—, el ocio, digo, no tiene sustancia propia, no es un ente en sí mismo, no es nada; el ocio es una disposición del alma, algo que acompaña cualquier tipo de actividad; no es la contemplación del vacío, y menos aún el vacío mismo; es, cómo decirlo, una manera de estar. Sentarse en un sillón sin hacer nada no implica necesariamente ocio; y lavar los platos puede implicar ocio, si uno tiene la disposición adecuada. La disposición adecuada, en el caso de lavar los platos, es lavar los platos como si fuera la cosa más importante del mundo. No como si fuera; es la cosa más importante, como cualquier otra cosa que estuviera haciendo en ese momento, y es ocio en la medida en que la cosa que esté haciendo me deje libre la mente, no la comprometa, o no la comprometa más que para la contemplación de la cosa que estoy haciendo. Y esa cosa no debe tener una finalidad tipo negocio, porque ahí se estropea todo. Lavo los platos sin deseos de estar haciendo otra cosa, sin apurarme. Y después de lavar los platos preparo los frasquitos para el yogur y enchufo la yogurtera. Y ese tipo de cosas que hago siempre —pero con la diferencia de que en ese momento estaba ocioso, porque mi mente no estaba ocupada en ningún negocio, porque yo no deseaba estar haciendo otra cosa, porque me divertía con hacer lo que estaba haciendo—. Eso es ocio, o por lo menos es el ocio que yo necesito. El taller no es ocio, porque tiene una finalidad de negocio, a pesar de todo lo placentero y de cuánto se mueve el espíritu con esa actividad. Es una actividad con horario y con finalidad. No es ocio, y me desquicia los nervios. En cambio, anoche, lavar los platos me trajo paz al espíritu y me mostró el camino que debo seguir. Procuraré seguirlo.
Mario Levrero, La novela luminosa