Mi mujer me pregunta por qué en la mañana, cuando despierto, me miro insistentemente las manos. Claro está que no puedo contestarle. ¡Cómo voy a saber lo que hago en ese borde sutil del despertar! Pero a veces también lo hago en plena vigilia, en la oficina, y tampoco puedo explicarlo. Es algo como realizar para mí mismo una identificación, una rápida comprobación de verdadera existencia física. Como si hubiera un grave desajuste entre lo que soy y lo que me representa, y necesitara yo, de pronto, notarme.*Es un poco esto: la embriaguez no me quita mi condición de hombre que sufre, pero le da al sufrimiento otro sentido: el de un dolor incorporado a mí naturalmente, cuya persistencia no me hace sufrir, porque no la percibo. Es decir, encuentro natural que exista en mí, tan natural como existir yo mismo.Acá, no he podido acostumbrarme nunca a la idea de existir. Siempre estoy preguntando, siempre inquieto, sorprendido de mi existencia. Allá no es así: ser es ser. No es como acá, un fenómeno rodeado de interrogaciones. Es un hecho claro, sin el escollo del porqué. Un hecho comprendido, explicado por sí mismo. Allá no tiembla nunca. No siento miedo de morir, porque la muerte tiene el mismo sentido natural, incorporado, que tiene todo lo demás. Es otro hecho sencillo, no una pregunta.
Josefina Vicens, El libro vacío