Pero en uno de aquellos días más desgraciados apareció ante mis ojos algo que me compensó de mis males. Había estado insinuándose poco a poco. Una noche me desperté en el silencio oscuro de mi pieza y vi, en la pared empapelada de flores violentas, una luz. Desde el primer instante tuve la idea de que me ocurría algo extraordinario, y no me asusté. Moví los ojos hacia un lado y la mancha de luz siguió el mismo movimiento. Era una mancha parecida a la que se ve en la oscuridad cuando recién se apaga la lamparilla; pero esta otra se mantenía bastante tiempo y era posible ver a través de ella. Bajé los ojos hasta la mesa y vi las botellas y los objetos míos. No me quedaba la menor duda; aquella luz salía de mis propios ojos, y se había estado desarrollando desde hacía mucho tiempo. Pasé el dorso de mi mano por delante de mi cara y vi mis dedos abiertos. Al poco rato sentí cansancio; la luz disminuía y yo cerré los ojos. Después los volví a abrir para comprobar si aquello era cierto. Miré la bombita de luz eléctrica y vi que ella brillaba con luz mía. Me volví a convencer y tuve una sonrisa. ¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la oscuridad?
Felisberto Hernández, « El acomodador »

—Bueno, una noche yo estaba muy aburrido y después de haber tomado una botella de vino vi la vida con luz difusa y desde otra distancia; entonces sentí ternura por las casas, las mesas, los árboles y muchas otras cosas.
—¿Por personas también? –Le interrumpí yo.
—De ninguna manera; esa noche yo separé para siempre las personas de las cosas.
—¿Y los animales?
—Mejor que las personas; pero ellos son cosas que se mueven; una casa y un árbol se quedan en el lugar donde uno los deja y sus sorpresas son más suaves. Al otro día descubrí que siempre había mirado las calles de cerca y a medida que necesitaba pasar por ellas; pero nunca había visto el fondo de las calles; ni los pisos intermedios de las casas altas; entonces me encontré con una ciudad nueva y con ventanas que nadie había mirado. Al principio tropecé muchas veces con la gente y estuvieron a punto de pisarme muchos autos; pero después me acostumbré a agarrarme de un árbol para ver las calles y a detenerme largo rato antes de bajar una vereda y esperar que yo pudiera poner atención en los vehículos.

La première fois où j'ai vu Colling se laver les mains, il a ouvert le robinet et il a rempli la bassine ; puis, il a pris la savonnette du bout des doigts et l'a fait glisser – aussi lentement que s'il avait manié une pierre merveilleuse – sur les deux faces de l'autre main. Ensuite, il a plongé lentement les mains dans l'eau jusqu'au moment où les paumes ont touché le fond de la bassine, et il a fait quelques mouvements, également lents, les mains toujours ouvertes et les doigts unis, comme s'il déplaçait des objets d'un seul tenant. Puis, avec la lenteur d'un sous-marin qui fait surface, il les a sorties et il a demandé la serviette. Un autre jour, quand on lui a proposé de se laver les mains avant de passer à table, il a fait semblant de jouer des cymbales dans une fanfare et il a frappé dans ses mains comme s'il attendait qu'une fine poussière en tombe. Et il a dit : « Ce n'est pas nécessaire. »
Felisberto Hernández, « Du temps de Clemente Colling » (tr. Gabriel Saad et Laure Guille-Bataillon)

Quelques années auparavant, je m'étais réveillé dans la chambre d'un hôtel de province, et j'avais découvert que nos pensées se forment dans une région de notre intimité qui a la qualité du silence. Même au milieu du vacarme le plus strident d'une grande ville, nous pensons en silence où nous allons, ce que nous devons faire ou ce qui convient à nos désirs. Mais le silence dans lequel naissent nos sentiments est plus profond encore. Nous commençons à ressentir l'amour en silence ; nos pensées n'arrivent que plus tard, suivies des paroles et, enfin, des actes. Nous nous avançons un peu plus vers l'extérieur chaque fois, un peu plus vers le bruit. Certaines pensées restent toujours cachées dans le silence, et n'arrivent pas à devenir des paroles, même si elles accomplissent des actions occultes. Mais certains sentiments profitent du silence pour se cacher derrière des pensées trompeuses. Au milieu du silence dans lequel naissent les sentiments et les pensées, naissent aussi le style de vie d'un être humain et le style de son œuvre.
Felisberto Hernández, « La maison neuve » (tr. Gabriel Saad et Laure Guille-Bataillon)

Yo tengo como un proceso de amistad con las palabras: primero me hago amigo directo de ellas; y después me quedo muy contento cuando se me aparecen juntas, dos que nunca habían estado juntas, que habían simpatizado o se habían atraído en algún lugar de mi alma no vigilado por mí. Y me da una sorpresa encantada al verlas aparecer juntas y sabiendo que se habían hecho amigas.
Pero hay palabras que nunca podrán ser amigas mías: las que no me parecen naturales o las que no entran en el misterio de la simpatía. Tal vez tenga incapacidad para querer a muchas o quiera ser fiel a antiguas amigas o me cueste una nueva amistad o cualquier otra cosa que no sé. ¿A ti no te pasa lo mismo?
Felisberto Hernández, Carta a Paulina Medeiros